Cien años de la Cruz Roja Colombiana

Por más de 30 años Desirée Arias, Gloria Hernández, Gónzálo Villalobos y Henry Bejarano, han socorrido a colombianos en toda clase de tragedias. Foto: Claudia Rubio y Archivo particular / EL TIEMPO
Por más de 30 años Desirée Arias, Gloria Hernández, Gónzálo Villalobos y Henry Bejarano, han socorrido a colombianos en toda clase de tragedias.
Foto: Claudia Rubio y Archivo particular / EL TIEMPO

“Yo conocí a la otra Omaira de Armero, a la sobreviviente, a la que días después tuvo un hijo”.

Así es como Desirée Arias Bedoya rememora sus vivencias del 13 de noviembre de 1985, cuando el pueblo tolimense desapareció bajo el lodo y las cenizas del Nevado del Ruiz.

Había llegado en el primer grupo de rescatistas enviado por la Cruz Roja Colombiana. El helicóptero la dejó junto a otra decena de compañeros en la cima del cerro de la Cruz y desde allí desplegó su misión. A esa otra Omaira de la que habla, la rescató de entre los escombros y el barro; rondaba los 20 años y estaba embarazada.

Hoy, con 32 de sus 55 años puestos al servicio humanitario, hace parte de los 25.000 voluntarios activos con los que la Cruz Roja Colombiana llega a un centenario de existencia. En otras palabras, esta mujer ha acompañado a la institución durante la tercera parte de su primer siglo en Colombia.

A los 25 años, Desirée Arias se graduó de rescatista en aguas. Foto: Archivo El Tiempo

“La primera noche en Armero la pasé en un refugio improvisado junto a unos 200 sobrevivientes; 43 amanecieron muertos, no lograron pasar la noche”, relata la que fue uno de los 1.500 socorristas voluntarios que llegaron a la zona para atender el desastre. Muchos de ellos lograron hasta 60 rescates en las primeras horas que siguieron a la erupción del volcán.

Apenas ocho días antes, Arias había estado en la toma del Palacio de Justicia ayudando en la atención de heridos y el rescate de rehenes. Fue testigo de crímenes. Vio como a un paciente le dispararon mientras lo atendían en la camilla. Vio el fuego. Conoció la desesperación.

Habían transcurrido apenas dos años desde que se enlistó en las filas de este movimiento internacional y ya había visto la muerte a los ojos en muchas ocasiones.

Desde entonces, por su vida han desfilado toda clase de sucesos que bien podrían resumir la historia trágica del país: aparatosos accidentes de tránsito en vías nacionales, choques de aviones y de avionetas, desplomes de edificios, atentados terroristas, bombas, emergencias invernales, deslizamientos de tierra, explosiones de minas, terremotos…
Pero también ha estado en la otra orilla. En la que ha dejado de lado sus labores de rescatista para dedicarse a recorrer estaciones de TransMilenio, terminales terrestres y aeropuertos con una alcancía en la mano, apelando a la solidaridad de la gente, pidiendo un poco de esa ayuda que ella misma ha estado dispuesta a ofrecer.

Lo ha hecho durante los últimos 5 años y lo hará de nuevo hoy, al cumplirse una jornada más del ‘Día de la Banderita’, una campaña que, a partir de donaciones de dinero de los ciudadanos a través de diversos canales, ha permitido beneficiar cada año a 7 millones de colombianos en situación de extrema pobreza y alta vulnerabilidad.
Aunque aclara que no siempre es fácil invocar la ayuda de otros, y menos, cuando de pedir dinero se trata, reconoce que “es alentador saber que hay gente muy colaboradora, que apoya y cree en esta labor”, sostiene la mujer.

Maratón de donaciones

La maratón de donaciones que se inicia hoy y que se extenderá por todo lo que resta del mes, está enmarcada en la conmemoración del primer centenario de la Cruz Roja Colombiana, cuyo lema reza que ya son ‘100 años de historias’.

Y es que para entender el impacto de un siglo de labores humanitarias hay que conocer los testimonios de los más veteranos socorristas.

El vasto cúmulo de memorias y experiencias de Desirée Arias y de otros voluntarios que han dedicado al menos la mitad de su vida a atender emergencias y desastres, son un buen resumen del trabajo adelantado por esa organización.
Es el caso de Gonzálo Villalobos más conocido como ‘Chan’.

Hombre jocoso, estatura mediana, tez morena y unos rasgos orientales que le dan la razón de su apodo. Tiene 58 años y ha pasado los últimos 40 al servicio de la Cruz Roja portando el característico overol azul de los socorristas y atendiendo todo tipo de calamidades desde mediados de la década del 70.
Ha hecho todos los cursos de rescate, salvamento acuático, seguridad vial, paramédico e incluso es instructor de nuevos voluntarios.

La escena corresponde a un simulacro de rescate en altura en el demolido Hotel Bacatá, en el centro de Bogotá, en 1985. Foto: Gustavo Arciniegas

Si algo tiene claro de las tragedias es que las caras de las víctimas jamás se olvidan. La experiencia que le han dado los años le ha enseñado a sobrellevar las vivencias más traumáticas. “Hay personas que uno encuentra en un estado tan crítico, tan lamentable, que inmediatamente sabe que no hay nada que hacer y, sin embargo, lo miran a uno, y con la mirada le dicen que no los deje morir. Esos ojos clavados en uno nunca se van”, suelta Villalobos.

También ha visto los peores horrores: cuerpos en avanzado estado de descomposición o destrozados, cuerpos sin rostro; cadáveres que ha tenido que cortar para salvar sobrevivientes como aquel joven que encontró aún con signos vitales en Armero y cuyo padre se había aferrado a él en los últimos minutos y había muerto abrazándolo.
Al principio, dice, esas imágenes lo atormentaban: no podía dormir, tenía pesadillas y algunas noches convulsionaba. Ahora, él y sus compañeros tienen unas terapias regulares llamadas ‘Psicología de las emergencias’, sesiones con especialistas que les ayuda a aliviar esos traumas.

Incluso, entre los socorristas han aprendido a realizar sus propias catarsis: hablan de las experiencias, dejan aflorar sentimientos, lloran todo lo que tienen que llorar.

En cambio, frente a las víctimas, dicen que se convierten en actores. “Nos duelen mucho las tragedias, claro, pero debemos actuar, hacernos los fuertes, buscar un motivo para reírnos, incluso mofarnos de nosotros mismos. De lo contrario ya nos habríamos vuelto locos. La gente dice que uno se vuelve insensible pero no es verdad. Con el paso del tiempo sufres más”, narra este hombre que encontró a su esposa en medio de la labor y ha compartido con ella los momentos más difíciles.

Se trata de Gloria Hernández, 31 años en la organización. Entró a la Cruz Roja por un anhelo frustrado de ser médica. Hija de un doctor, la mayor de siete hermanos. En su hogar no hubo recursos económicos para hacer la carrera, por eso pensó que podría aprender algo de primeros auxilios. Hoy, al igual que sus colegas, es una de las socorristas más antiguas y destacadas en la seccional Cundinamarca y Bogotá, una de las 32 con las que cuenta la Cruz Roja en todo el país.

Y sus compañeros le reconocen un capricho: “Siempre tiene que verle la cara a los muertos”, se escucha a su alrededor. “Cuando yo era pequeña, una prima mía despertó en su propio velorio, 12 horas después de que la declararán muerta. Y mi papá siempre me dijo que los difuntos tenían un color particular, que en la cara se les notaba la muerte”, explica la mujer.

De fracasos y alegrías

Si hablan de frustraciones durante el cumplimiento del deber, se remiten a todos los casos en los que la gente se les ha muerto en los brazos, en los que no han tenido las herramientas suficientes para ayudar o la magnitud del desastre ha sobrepasado su capacidad de respuesta.

Sin embargo, en el caso de Gonzalo y de Gloria, el mayor sentimiento de impotencia lo vivieron hace una década, cuando el hijo mayor de ella, producto de su primer matrimonio, murió víctima de un atraco. Los asaltantes le descargaron cinco tiros en la espalda. Quienes lo auxiliaron lo dejaron en el hospital de Chapinero, donde no había el recurso médico suficiente para atender su situación y, cuando ellos llegaron e intentaron aplicar sus conocimientos en primeros auxilios, ya era demasiado tarde.

“Tantas vidas salvadas y no pude hacer lo mismo con la de mi hijo”, dice Gloria, con la voz cortada y los ojos vidriosos.

Pero las alegrías no les han sido ajenas. Coinciden en que no hay satisfacción mayor que encontrar a un desaparecido, devolver un familiar vivo a su hogar o entregar una ayuda humanitaria. “En ese momento no necesitas que te den las gracias; bastan las sonrisas, bastan las miradas esperanzadas y todo el esfuerzo habrá valido la pena”, comenta Henry Francisco Bejarano, 38 años de labor humanitaria. Su prontuario de misiones cuenta unos 10.000 casos atendidos grandes y pequeños. “Muchas veces nos ha ocurrido que las personas que ayudamos preguntan nuestros nombres para bautizar así a sus hijos”, relata Bejarano.

Quizá uno de los absurdos más grandes de la pobreza del país lo vivió en uno de sus rescates. Ocurrió en Ciudad Bolívar hace unos años. Un niño cayó en un hueco profundo abierto en la tierra en plena zona rural. Tras horas de búsqueda, Bejarano logró sacarlo a la superficie y, cuando eso ocurrió, el niño rompió en llanto. Uno de sus zapatos se había quedado en las profundidades de la tierra. “Señor, ayúdeme a sacarlo. Mi papá me va a pegar”, le repetía el pequeño. Bejarano conmovido, volvió a bajar. Lo que encontró fue un zapato viejo, al que le habían cortado la punta. La explicación del niño lo conmocionó: era el único par que compartían siete hermanos y le habían quitado la punta para que a todos les quedara bueno. Eso era la pobreza: cuando un zapato roto valía más que la vida.

Desirée, Gonzalo, Gloria y Henry son apenas una muestra de los héroes anónimos que han recorrido todo el país, llevando ayuda donde más se necesita. Es gracias a ciudadanos como ellos que la Cruz Roja ha llevado cerca de 13 millones de acciones humanitarias beneficiando a unos 7 millones de colombianos tan solo en el último año.

“Aunque seguimos atendiendo emergencias hoy estamos más centrados en capacitar a las comunidades en prevención y gestión del riesgo. Seguiremos trabajando por la gente hasta que Dios nos lo permita”, puntualiza Gloria.

Usted también puede ayudar

La meta es recaudar entre 1.000 y 2.000 millones de pesos. En la conmemoración de los 100 años de la Cruz Roja Colombiana, hoy se celebrará en todo el país el tradicional ‘Día de la Banderita’, una jornada de recolección de recursos económicos con los que se financian las acciones humanitarias de la organización y se beneficia cada año a 7 millones de personas.

En la jornada, unos 25.000 voluntarios de todo el país estarán las principales vías de las grandes ciudades, así como colegios, universidades, centros comerciales, terminales aéreas y terrestres y estaciones de transporte masivo como TransMilenio, en Bogotá.

Las donaciones también se podrán realizar en el mes de mayo en los puntos de pago de los almacenes Jumbo y Metro de todo el país, a través de la cuenta corriente n.° 078-27139-2 del Banco de Bogotá y en la página web de la organización www.cruzrojacolombian.org.

LIZETH SALAMANCA GALVIS
Redactora HUELLA SOCIAL

http://www.eltiempo.com/estilo-de-vida/gente/cien-anos-de-la-cruz-roja-colombiana/15757418


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