Aprendiendo a vivir como los hijos de la selva

Turismo comunitario, una oportunidad para conocer saberes milenarios

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A seis kilómetros de Mitú, una comunidad indígena multiétnica adelanta un proyecto de etno-ecoturismo, con el fin de preservar su patrimonio cultural y natural.

Los turistas que llegan a la comunidad de Ceima Cachivera, en Vaupés, pueden alojarse en las viviendas o en las malocas de los indígenas. / Emerson Castro
“A pesar de todos los cambios y la mezclas culturales que han venido con el transcurrir del tiempo, mi pensamiento y forma de vida siguen siendo la de un hijo de la selva y de la cachivera. Si los de afuera quieren venir, tendrán que aprender a vivir como nosotros, no al contrario”, dice Sergio Gutiérrez, un indígena cubeo del Vaupés, mientras prepara la ‘quiñapira’, una sopa picante, típica de ese departamento, hecha a base de pescado y ají.

Gutiérrez vive en Ceima Cachivera, una comunidad indígena multiétnica ubicada a seis kilómetros del municipio de Mitú, en donde hace tres años se adelanta un proyecto de ‘turismo comunitario’, organizado y liderado por los mismos miembros de la comunidad. “Este es un turismo duro, para muchos extremo, y está pensado para los que quieran familiarizarse con las costumbres y la cotidianidad de los indígenas”, explica.

Las fuertes ‘cachiveras’ o raudales que se forman en el caño Ceima, un brazo del río Vaupés; los mitos y leyendas sobre el cerro sagrado en el que habitan; la diversidad de especies de aves; la exuberancia de la flora amazónica, y, especialmente, la necesidad de preservar el patrimonio natural y cultural de su territorio, fueron las principales motivaciones de la iniciativa.

Para su implementación no han hecho falta los hoteles cinco estrellas, ni la instalación de piscinas, discotecas, museos o restaurantes. En Ceima Cachivera, la ‘tierra brava de la selva y el caudal’, como la han denominado sus habitantes, las vacaciones transcurren entre malocas, hamacas, chagras, cascadas y raudales de río. Los visitantes aprenden a cosechar los cultivos de pancoger, a pescar en la madrugada, a ‘mambear’ hoja de yarumo y a danzar para los dioses Cubeos, Makunas, Yuruties o Barasanas.

Los turistas también pueden conocer las cuevas sagradas del cerro (donde, según la leyenda, se encuentran escondidos los corazones de los dioses); trasnochar y amanecer escuchando las místicas anécdotas de los ‘sabedores’ o ancianos; avistar desde las copas de los árboles decenas de especies de aves; aprender a construir canoas, a tejer artesanías y a preparar alimentos tradicionales como la fariña, el casabe y el masato.

“Ceima Cachivera es una invitación abierta a colombianos y extranjeros para hermanarnos espiritualmente con los principios del respeto a la vida, a la diversidad étnica y cultural y al cuidado de la tierra. Al final del viaje, la sensibilización por la riqueza de los recursos naturales y culturales será el único resultado posible”, dice Carlos Castañeda Hernández, director seccional de la Corporación para el desarrollo sostenible del norte y el oriente amazónico, entidad que ha respaldado el proyecto etnoecoturístico.

La comunidad de indígenas evita establecer alianzas con empresas turísticas.

Según su líder, Sergio Gutiérrez, esta iniciativa no se encuentra en consonancia con los impactos sociales y ambientales que puedan ocasionar otras formas de hacer turismo.

“El proyecto se presta para un flujo bajo de visitantes, no por el espacio, que siempre es suficiente, sino por el carácter de los turistas que llegan a la comunidad”, cuenta Gutiérrez y advierte que este tipo de turismo requiere de “mentes y corazones sensibles y receptivos”.

“Siempre son bienvenidas aquellas personas que tengan la disposición física, emocional y espiritual para vivir una experiencia de profunda conexión con la naturaleza y las prácticas culturales”, concluye Gutiérrez.

*Invitación de Fontur.
mluna@elespectador.com

http://www.elespectador.com/publicaciones/buen-viaje/aprendiendo-vivir-los-hijos-de-selva-articulo-464823

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