Las regiones donde la coca se enquistó

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Putumayo: el fin de la bonanza

En el Putumayo se concentró el músculo militar y económico del Plan Colombia, con una mezcla de fumigaciones y erradicación manual. A esa estrategia, en la que se invirtieron fondos nunca antes destinados a esa región del sur del país, se sumó el denominado Plan Patriota, que comenzó con la inyección de recursos a la 27 Brigada de Selva, en Mocoa, y la Base Naval del Sur, desde donde se monitoreaban los ríos Caquetá y Putumayo. La Policía creó además la Base Antinarcóticos de Villagarzón, y el Ejército puso a punto un aeropuerto militar, clave para las tareas de interdicción aérea.

Sin embargo, si hubo una región en la que Colombia estuvo a punto de perder la guerra contra el narcotráfico fue en Putumayo. Más de la mitad de la coca producida en el país en los años 90 se sembró allí. Con menos de una década de haber ascendido de intendencia a departamento, esa zona de marcada presencia guerrillera (allí opera el bloque Sur de las Farc, su segunda estructura más grande), vio surgir una febril actividad productiva en la que la coca movía desde los mercados de carros y electrodomésticos hasta la construcción y, en ocasiones, la salud y la educación. No en vano, según reportaban las propias autoridades en la época, las 40.000 hectáreas sembradas dentro de sus límites podían producir, en un mes, y tan solo en ganancias, más plata que todo el presupuesto departamental para un año.

Fue un cambio notable, en especial para los campesinos que durante años habían pasado penurias en una economía fuertemente dependiente del agro y del petróleo, y que a menudo se quedaban sin cómo sacar sus productos a los mercados, debido a la inseguridad y al pésimo estado de las vías. Con la llegada de la coca, además de los descomunales márgenes de ganancia, los compradores iban hasta sus cultivos para adquirir la cosecha. La región vivió una abundancia que nunca antes conoció: un cultivador se ganaba 4 millones de pesos por hectárea; un recolector, 75.000 al día.

Eran días de excesos y de derroche. Nelson Salud, un antioqueño que llegó a Puerto Asís en los albores del Plan Colombia, relata: “Cuando esto estuvo bien, acá había hogares con dos, tres o cuatro motos. Uno veía gente jugando billar: un millón, dos millones por mesa. Hoy no apuestan ni 500 pesos”.

Eso mismo cuenta Yolanda Penagos, que se ha dedicado a las causas sociales tras el asesinato de su esposo, un líder político local. “Yo era administradora de una empresa ‘camuflada’ del Brasil que supuestamente vendía artículos de ese país pero, mentira, cada semana llegaban de Medellín 30 o 50 bultos de plata para repartir entre los cultivadores de hoja de coca –cuenta–. El sábado y el domingo los campesinos hacían una cola de cuadra y media. Y eso era pese y pague. La gente salía con su platica, pero nadie pensaba en una casa o en organizarse, sino en cadenas de oro, en lujos y en trago”.

La ‘buena vida’ de los que estaban en el negocio fue motivando a otros a meterse. Luis Eduardo Montenegro, un labriego de la vereda El Paraíso, a casi una hora de Puerto Asís, vivió la génesis, la bonanza y el declive del fenómeno cocalero. “Las semillas llegaron de Perú, por la frontera, porque los peruanos eran cultivadores antes y sembraban más –recuerda–. Cuando los narcotraficantes llegaron a Puerto Asís y anunciaron que compraban la hoja, todo el mundo comenzó a meterse en el mercado”.

No era una decisión difícil: mientras que un cultivador de arroz o de maíz pasaba penurias para vender sus productos en las calles de Puerto Asís –y a veces incluso no lo conseguía–, en la acera de enfrente veía al cocalero cobrando de contado. Así lo atestigua también Manuel Burbano, un agricultor de la vereda Nariño: “A mí no me gustaba la coca, pero al ver que los demás conseguían plata se disipaban las dudas: había que sembrar”.

Los que vivieron aquel auge no dudan en señalar como responsable al abandono estatal. “Aquí no había carreteras, ni electricidad, ni acueducto, ni salud –señala Montenegro–. Y, en cambio, los narcos sí venían con el billete en la mano a decir: ‘Señores, este es el negocio que sirve’ ”.

El ‘negocio que sirve’ atrajo a pobladores de otros lugares del Putumayo y, pronto, de otros departamentos, como Valle, Huila, Antioquia y hasta Chocó. También a ecuatorianos, peruanos y brasileños, convencidos de poder lograr fortuna con rapidez en una frontera sin Dios ni ley. El mercado floreció y prácticamente en cada vereda había cultivos.

Pero los raspachines pronto descubrieron que la hoja sin procesar no era ni lejanamente tan rentable como la base de coca –alrededor de 800 dólares por kilo–, por lo que muchos optaron por vender esta última. En algunas partes de la geografía del Putumayo, la base de coca llegó a remplazar al peso como moneda de cambio. Allí tuvieron su apogeo los ‘chamberos’, como se conocía a quienes ‘le pegaban’ (hacían dinero rápido) en el negocio de la coca. Se hacían notar por sus gustos excéntricos: de fiestas y noches de juerga a motos, carros y lujos, antes prohibidos por sus pobres ingresos.

Toda la ‘bonanza’, además, se dio a costa de un enorme costo ambiental que, a la larga, terminó por perjudicar al campesino. Entre la tala de bosques para cultivar o para poner laboratorios y la contaminación de las quebradas y los ríos, la tierra aún sufre los estragos de los ‘chamberos’. Las fumigaciones elevaron ese costo a niveles que nadie imaginó.

Pero a pesar de eso, lo cierto es que las fumigaciones lograron lo que ninguna otra estrategia: detener e incluso revertir la tendencia expansiva de los cultivos de coca. Según cifras del Programa de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, para el 2008 el total nacional de hectáreas cultivadas había caído 44 por ciento. Aun así, hay personas que todavía recuerdan con nostalgia esas épocas de vacas gordas. Aunque la coca atrajo mafias y violencia, y la guerrilla empezó a cobrar el ‘impuesto’ en la región, la plata alcanzaba para todos. Si un muerto aparecía de vez en cuando en la vía a Teteyé –como relata un vecino–, “la gente lo olvidaba gustosa”, con tal de no meterle palos a ‘la rueda del progreso’, que por fin se había dignado pasar por allí.

WILSON VEGA
Enviado especial de EL TIEMPO
Puerto Asís (Putumayo).
http://www.eltiempo.com/justicia/historia-del-narcotrafico-en-colombia_13218661-4

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