¿Monumento a la raza o la risa?

En este breve recuento rememoro algunos de los singulares episodios que han acaecido a nuestro monumento más representativo.

Hace unos años a cierto profético e ilustre gobernante; probablemente venido de otra región, se le ocurrió recordarnos quiénes éramos; y en la única, mas glamorosa y recién pavimentada avenida del pueblo, denominada Avenida Colombia; llamada así desde mucho antes de merecerlo; mandó a erigir una portentosa estatua de un robusto indio, en postura retadora con la cara y el brazo izquierdo en alto sosteniendo una especie de manojo de rayos y el derecho en postura firme a los largo del cuerpo. En síntesis una actitud desafiante a los dioses y no a los humanos; quizá esto fue un hecho trascendental de su historia, pues parece que desde los mismos orígenes de su construcción se gestó parte de su pasada desgracia.

Para continuar este recuento, cabe anotar, según señalan algunos; desde el instante en que se decidió que la estatua representaría a un indio y no otra cosa se desato una polémica, ya que parece ser que hubo opiniones encontradas, entre ellas las de la gente que se daba el “lujo” de viajar muy a menudo a la capital de la república y otras grandes ciudades del país, y quienes al parecer ya estaban cansados de repetir por dichos lugares de que no era verdad que por aquí todavía había aborígenes salvajes, que aún se tiraban flechas, y que no andábamos con taparrabos y que por tanto , estas habladurías debido a la ignorancia de la gente se deberían combatir con un monumento que le rindiera culto a la modernidad; Por otra parte, me imagino que los opositores de la “iniciativa moderna” seguramente habrán sostenido que precisamente de lo que se trataba era de rendir un homenaje a nuestros ancestros.

De alguna manera la idea de rendirle tributo a los ancestros prevaleció y esta sería la que se llevaría a cabo, aunque según se dice no faltó quien opine que si de ancestros se trataba, perfectamente hubieran mandado a moldear la figura de un campesino nariñense con ruana y sombrero, pues al fin y al cabo un gran porcentaje de la población de Mocoa tiene raíces de gente venida de ese departamento; de ahí que un popular locutor de la radio local frecuentemente diga que: “ el que no tiene abuelos pastusos no está en nada”.

El caso fue que una vez tomada la decisión, el proyecto siguió adelante, la obra se encargó a un o una eminente artista, de quien actualmente pocos tiene la menor idea, pero de quien se decía tenia obras muy representativas en varias ciudades del país, si su fama no fue tanta, aparentemente su precio si lo fue, de ahí que la ejecución de la obra costara sus buenos millones de pesos, lo que suscito (creó) debates de acusaciones y recriminaciones ,de los que hasta el día de hoy quedan ecos en cuanto a la calidad tanto de la obra como del material usado para la construcción de la escultura.

Como se anotó anteriormente, la figura presenta un brazo en alto en el que al principio enarbolaba algo, que hoy ya no tiene; me atrevo a pensar que sí se realizara una encuesta preguntando “¿Qué tenía el Indio en la mano cuando se instaló?”, es casi seguro que pocos lo recuerden. Pero lo que sí saben una gran cantidad de habitantes de esta localidad, es la variedad de estrambóticos elementos que en su momento algunos ciudadanos intolerantes le colocaron en la mano a este “mártir” para reemplazarle el estandarte perdido.
Le pregunté a amigos y vecinos y las historias emergieron de la siguiente manera:

Me dijeron que una de las primeras y memorables cosas que se le vio empuñar después del estandarte perdido fue una botella del “auténtico” aguardiente Putumayo, llena hasta la mitad, pero… de orines, de ahí para acá fue mucho lo que nuestro símbolo tuvo que soportar; empezando con que hubo una época en que la gente tomó su antiguo pedestal como el sitio principal para terminar cualquier parranda, tanto así que las autoridades prohibieron frecuentar el lugar,- Según dijo un testigo presencial- desde el día que amaneció un borracho en calzoncillos, amarrado a una de las astas de las banderas que habían junto al monumento.

Pero, a pesar de estas medidas no faltó el irrespeto por la figura; de ahí que de vez en cuando y a lo largo de los años, aparecieron en su desafiante mano variedad de singulares objetos, tales como : ropa interior femenina, camisetas hechas harapos, grandes huesos de vaca , incontables zapatos viejos, innumerables frascos y botellas e incluso hubo un día que se vio colgado hasta un gato muerto; parecería ser como si hubiera existido en esos tiempos un concurso clandestino del irrespeto ,para ver quien le acomodaba en su noble mano el más excéntrico elemento.

Y si de ponerle color se trataba, cabe mencionar las celebraciones o actividades populares cuando nuestro héroe en mención recibía su dosis multicolor de pintura y cosméticos, para de esta manera entrar a formar parte involuntariamente en la fiesta, a esto hay que agregarle las épocas de campaña electoral cuando aún se puede apreciar en sus manos diferentes banderas o propaganda de los diferentes movimientos políticos.

Así mismo, durante celebraciones deportivas no sólo se le hizo enarbolar banderas verdes, azules o rojas, sino que hasta camisetas, gorras y símbolos de los más renombrados clubes del fútbol colombiano; Una vez alguien empapó una bandera rival con gasolina, metiéndola directamente en el tanque de combustible de una motocicleta , luego se subió al pedestal , la colgó de la mano de nuestra ilustre estatua y posteriormente le prendió fuego ante la aclamación de júbilo de la muchedumbre que de esta manera pretendía cobrar revancha por la derrota deportiva previamente sufrida.

Llegada las cosas hasta este punto, hubo una época en que le quedaba a uno la curiosidad por saber que le podía suceder o aparecer en su puño a nuestra estatua. Desde un comienzo las cosas se le salieron de las manos a nuestro personaje, y en su momento quizá a alguien más, ¿A dónde fue a parar el estandarte perdido?… Nunca se sabrá.

Afortunadamente el destino del nuestro “monumento a la raza y NO a la risa” cambió cuando se construyó la glorieta en la Avenida Colombia, precisamente en su sitial, por lo cual debió ser removido, circunstancia por la cual también tuvo que padecer un tiempo a ser enclaustrado en una bodega, pero de la cual salió restaurado y con un nuevo y diferente estandarte, que ahora agarra con ambas manos, como para que no se vuelva a repetir su odisea; por fin en un lugar más apropiado, sobre todo en su nuevo pedestal, no tanto hecho de hierro y cemento, sino sobre una sólida base del respeto y la solidaridad.

John Montilla
Esp. en Procesos lecto-escritores.

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