“Un domingo de mercado en la Mocoa de los años sesentas” -Tercera entrega

Jaime Erazo <br>Buenos Aíres. Argentina

Se narran algunas actividades comerciales de la calle principal.

Los cacharreros

En la calle principal, desde la esquina de la “casa quemada”, antiguo almacén de don Mesías Hernández, hasta el frente del almacén agropecuario del Mayor (r) Héctor Clavijo, todos los domingos se situaban los cacharreros.

Frente a la “casa quemada” se ubicaba el puesto del indígena Alejandro, era oriundo de Santiago, Alto Putumayo, estaba casado con una señora de tez blanca, tan blanca que en el pueblo se la conocía más por el apodo de “La Mona” que por el nombre. En el puesto abundaban esencias y todo tipo de menjurjes e ingredientes para riegos y conjuros: cáscaras secas de diferentes arbustos, bejucos, manojos de hierbas, chochos y el infaltable “coquindo” que aromatizaba el lugar con un olor característico. Lo anterior lo combinaba con prendas de vestir, zapatos, botas pantaneras, chancletas, linternas y otros artículos propios de un puesto de cacharro.

Un poco más abajo, frente al portón de la entrada a la parte trasera de la casa que arrendaba el Mayor Clavijo, se situaban los puestos de cacharro de don Luís González y don Sergio Machado, a quienes por su origen ecuatoriano se los conocía popularmente como “Los Puendos”: vendían linternas, navajas, mecheras, cuchillos, naipes, bolas, trompos, en fin, tenían un rico, variado y llamativo surtido con el que atender las necesidades básicas y apremiantes de los hogares del campo y la ciudad de la Mocoa de aquel entonces. En sus puestos también se encontraban prendas de vestir como camisas, vestidos, faldas, ponchos, cobijas, pantalones, sombreros, etc. Los comerciantes ecuatorianos se destacaron por su amabilidad y esmerada atención, la atención al cliente de doña Judith de González era muy especial. A la gente del pueblo le gustaba a comprar en los puestos de don Luis y don Sergio por la atención, la calidad de la mercancía y el buen precio. El prestigio y la alta demando hicieron que los dos comerciantes tomaran la decisión de fijar su residencia en la ciudad que los acogió para abrir los conocidos y prestigiosos Almacén Gonzales y Almacén Lucita.

Los chupones, las cremas, la “forcha” y los copos de azúcar

Un poco más abajo, frente a la ventana de exhibición del almacén del Mayor (r) Clavijo, se ubicaban el señor Fajardo (el de la Cadena, hoy Avenida 17 de Julio) y el señor Lucero. El señor Fajardo vendía chupones o raspados de bloques de hielo que traían comerciantes nariñenses desde el Nevado del Cumbal cuidadosamente envueltos en hojas de plátano. Como el producto era el “chupón”, de ahí se derivó el apodo de “los chuponeros” que se le dio a los que vendían chupones. Por ésa época, extraer bloques de hielo del Nevado del Cumbal y comercializarlos era una actividad productiva próspera para algunos comerciantes que se los compraban a los indígenas del altiplano nariñense y para distribuirlos por los diferentes pueblos y ciudades del sur de Colombia. El “chupón” era el popular helado de pueblo consistente en gránulos de agua congelada obtenidos al raspar el bloque de hielo con un cepillo metálico especialmente diseñado para cortar y acumular en su interior el congelado raspado para luego meterlo en un molde en cuya mitad se ponía un fuerte palillo para facilitar su manipulación, después se ajustaba para darle forma y consistencia y al que finalmente se le agregaba miel hecha a base de panela o azúcar con uno o varios colorantes que lo volvían llamativo (lo de la leche condensada fue involucrado posteriormente). El señor Lucero, con la ayuda de algunos de sus hijos, vendía los deliciosos helados de paila que se servían en unos conos hechos de harina crocante (las máquinas de hacer conos llegaron posteriormente y desplazaron a los productores artesanales de crema)

De vez en cuando llegaba una pareja que preparaba y envasaba en un barril de madera la famosa “forcha”, bebida espesa, espumosa y fermentada de color cremoso muy gustosa al paladar. En otras ocasiones llegaba un señor que “endulzaba” a los niños con los famosos copos de azúcar que producía en variados colores.

Dependiendo del comportamiento observado en la semana, tanto en la escuela como en el hogar, los papas de ese tiempo premiaban a sus hijos dándoles unos centavos para que compren las golosinas propias de cada domingo de mercado.

La fritanga y los chorizos de doña Rita

Colindando el mercado y el almacén del Mayor (r) Clavijo, la casa de mis abuelos tenía un salón grande, de unos 3 metros de ancho por unos 8 o 10 metros de largo, seguido de dos piezas y una cocina que quedaba junto a la cocina de mi abuela Trinidad. Ese apartamento lo arrendaba doña Rita Espinoza de Fajardo quien se hizo famosa por la exquisitez de chorizos que preparaba, me atrevo a decir que en el municipio de Mocoa y en la región no había otro igual, ella fue depositaria de la fórmula del delicioso “chorizo mocoano”, plato que se acompaña con yuca o con papa y que aún hoy se consume como uno de los platos típicos de los mocoanos. Doña Rita también preparaba el frito de maíz capia y la famosa fritanga. La exquisitez de los platos de doña Rita obligaba a repetirse y porque no reconocerlo, hasta chuparse los dedos. Los domingos doña Rita no se daba abasto para atender la demanda de clientes del campo y la ciudad.

Las tiendas de doña Victoria y doña Teresa

Iniciando el mercado, en la parte occidental, junto al local que mi familia le arrendaba a doña Rita Espinoza de Fajardo, doña Victoria Ruano de Liñeiro tenía una tienda de abarrotes en la que durante la semana compraban y fiaban los empleados de la intendencia y demás moradores del casco urbano de Mocoa y durante los fines de semana los campesinos que salían a vender sus productos y a mercar.

Doña Victoria se caracterizaba por su amabilidad y por la paciencia para atender a su numerosa clientela, recuerdo que en un cuaderno anotaba cuidadosamente los artículos y los valores de las remesas que fiaba a los empleados de intendencia o del municipio. En otras ocasiones la veía pesar en una balanza de mesa las libras o los kilos de azúcar, arroz, lenteja y arveja que luego empacaba en bolsas de papel y colocaba ordenadamente en los estantes que estaban situados en la parte de atrás. En medio de la tienda había una vitrina que servía de mostrador, a los lados unos cajones donde se tenía exhibían granos y tubérculos, también habían unos cuantos costales abiertos dejando ver su contenido de arroz, frijol, lenteja, arveja, para permitir que las amas de casa o el comprador pueda ver y tocar la calidad del producto que luego se pesaba y se empacaba en su presencia. Para el lado derecho, dando hacia la ventana, tenía una nevera de petróleo en la que tenía deliciosos helados de leche, mora y piña para vender. Doña Victoria era una mujer trabajadora incansable.

Al lado de la tienda de doña Victoria, portón de entrada principal al mercado de por medio, estaba el estanco de doña Teresa White de Luna. En el que tenía y expendía, al por mayor o al por unidad, toda clase de bebidas: aguardiente, cerveza, ron, gaseosas, ginebra, vinos y whisky. Era una de las distribuidoras oficiales de los productos de la Licorera del Putumayo, ahí acudían a comprar sus productos los dueños de cantinas y bares para luego revender. Doña Teresa se distinguía por su amabilidad y buena atención. Su carácter era amable, apacible, cordial, de fina atención y de una honradez puesta a toda prueba. Recuerdo que tenía unas cuatro mesas para servir con prontitud las bebidas que demandaban algunos clientes que se dedicaban a conversar, hacer negocios o simplemente descansar de la agotadora jornada de los días domingos.

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Apreciado lector, espere la cuarta y última entrega de “Un domingo de mercado en la Mocoa de los años sesentas”

 


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