Un domingo de mercado en la Mocoa de los años sesentas (Segunda entrega)

Jaime Erazo <br>Buenos Aíres. Argentina

La segunda entrega describe los juegos de azar y el culebrero que hace parte de las actividades de la “Boca Calle.”

El cucunubá

Entre la entrada a la propiedad de la familia Erazo y la parte media de la casa de don Miguel Chamorro se ubicaba el “cucunuba”, juego con forma de trapecio, hecho de madera, con una sola base en cuya tabla habían perforados varios huecos con forma de arco romano con unos números en la parte superior en cuyo centro se encontraba la “M” de mil o “moñona”, máximo puntaje del juego. A los dos lados, unidas al tablero principal van dos tablas colocadas en diagonal que a manera de brazos guían el balín de acero que los jugadores lanzaban desde una distancia de más o menos 10 metros en busca del mayor puntaje y de ganar la apuesta cazada ante el garitero que por cada mano cobraba el porcentaje o derecho correspondiente a la prestación de sus servicios.

Entre los jugadores había de todo, del campo y la ciudad, jóvenes y viejos, ricos y pobres, y los curiosos que no podían faltar. Tanto jugadores como espectadores se situaban en fila al lado y lado de la base del juego conformando una calle por donde los jugadores lanzaban el balín. Durante toda la mañana y hasta más o menos la 1 de la tarde, las apuestas y las “manos” o juegos se sucedían uno tras otro después de haber cazado las apuestas ante el garitero. Eran comunes los gritos, las palabras de grueso calibre cuando se fallaba, las indirectas desafiantes y las frases para invalidar a los otros competidores. Los alegatos o disputas no faltaban y solo se calmaban cuando el garitero, árbitro y garante del juego definía la situación.

El cacho

Un poco más arriba, cerca a la esquina y a la entrada lateral al granero de don Miguel Chamorro, se situaba el “cacho”, otro juego de madera consistente en un recipiente cóncavo y redondeado en cuya base tenía un recuadro con hendiduras labradas en los que hay números y en todo el centro la consabida “moñona” en los que se depositaba el balín lanzado por el jugador desde unos lugares que tenían la forma de cacho o especie de zapatos ahuecados, situados en los cuatro puntos del cuadrante del círculo con una especie de caída interna a manera de resbaladero que permitía que los balines lanzados tomaran cierta velocidad por el fondo curvo hasta encontrar en la base el número correspondiente al lanzamiento de cada jugador. Ganaba el que mayor número o “plante” lograra.

Los jugadores se agolpaban alrededor del juego gritando con entusiasmo o con desgano a cada acierto o desacierto. En el centro, rodeado de los jugadores, se ubicaba el garitero que continuamente incitaba a los asistentes a jugar, además cumplía con las funciones de árbitro, recibía y entregaba el valor de las apuestas descontando por la derecha el porcentaje que le correspondía por manejo y alquiler. Había buenos jugadores y apostadores, recuerdo que entre ellos se distinguía el profesor Roberto Liñeiro Ruano a quien me gustaba verlo apostar y ganar.

Mientras la gente jugaba, los vendedores ambulantes de carne de res o de cerdo, empanadas, morcilla y fritanga con yuca o papa, con la olla o el platón en mano deambulaban por entre los jugadores tentándolos con el aroma que expedían los alimentos recién preparados y que gustosos compraban para sí y para sus amigos de la barra.

A eso de la 1 de la tarde, el lugar de los juegos alrededor de plaza de mercado quedaba vacío debido a que la mayoría de los jugadores partía para la gallera que quedaba ubicada sobre el barranco que da hacia el barrio San Agustín, contiguo al Hospital José María Hernández, por la calle que conduce a la salida a Villagarzón.

El culebrero

Hacia el lado de la esquina de la “casa quemada”, antiguo almacén de don Mecías Hernández, cada dos o tres meses se situaba un famoso culebrero: el Negro Salcedo. La metodología que utilizaba para atraer el público y mantener su atención era interesante pues manejaba hábilmente la psicología de masas a partir de su natural tendencia a la curiosidad.

Para empezar, ponía una caja sobre el piso a la que le daba unos golpecitos con el palo del látigo de arriero que cargaba gritando a voz en cuello ─ ¡Quieto animal feroz que primero nació Dios antes que vos! ─, y como si no le importara el público presente continuaba llamando y describiendo a la terrible y venenosa serpiente que estaba en su interior a la que llamaba con el nombre de “Margarita”. El gancho para atraer curiosos y potenciales compradores de sus pomadas, purgantes y reconfortantes jarabes era infalible, no pasaban cinco minutos y ya la gente lo rodeaba con curiosidad y atención, incluyendo la muchachada que hacía montón y a la que sacaba corriendo señalando y diciendo ─¡Y éste que hace aquí parpadeando como sapo en tomatera! ¡Mijito, pa´ la casa a hacer mandados! ¡A ponerle yerba a los cuyes y agua a las gallinas!─, seguido de las risas burlonas de los adultos presentes que le clavaban su mirada, esa frase era como echarnos un baldado de agua fría porque inmediatamente nos perdíamos del lugar avergonzados, con la cara ardiendo a causa del ridículo que habíamos hecho.

 

Cerca a la caja donde tenía la serpiente tenía otra caja de madera en la que la guardaba sus mixturas y brebajes que comenzaba a sacar de las que apenas tenía el número de curiosos suficiente para empezar su trabajo de vender remedios para la anemia, el agotamiento, golpes, picadura de mosquitos, torceduras, luxaciones, fracturas, dolores de muela, parasitismo, raquitismo y cuanto mal popular hubiera. Eso sí, tenía mucho cuidado de mantener el encantamiento, por eso a cada momento se refería a la serpiente gritando ─“¡Quieta Margarita!”─ y de cuando en cuando pronunciaba el conjuro que terminaba con la famosa frase “¡Quieta Margarita que primero nació Dios antes que vos!”, seguida de una retahíla de palabras ininteligibles mientras la tomaba entre su manos, ante la mirada atónita de los espectadores, la acariciaba, la besaba y hasta metía su cabeza entre su boca.

Durante aquel espectáculo el público asistente seguía atento sus movimientos, quietos, tensos, expectantes, eran los momentos que aprovechaba para “encarretarlos” con las bondades de tal o cual producto que terminaba vendiéndoles con los ganchos promocionales de “lleve una caja de pomada china por cinco pesos, por los mismos cinco pesos lleve otra y para que no se quede sin llevarla, por los mismos cinco pesitos le encimo otra cajita de la maravillosa pomada china, la maravilla para los dolores y hasta para hacer el amor con la señora amigo mío, compre y compruebe, seguro que ella o ellas se lo va a agradecer”, o el de “¿Cuánto le cuesta? Los miserables pesos con los que compra una cerveza que lo emborracha y le hace gastar la plata del mercado de la semana mi querido amigo…En fin, sus recursos eran infinitos.

El Negro Salcedo era tan hábil que a eso de las tres o cuatro de la tarde ya había vendido la mayor parte de sus remedios y satisfecho se había retirado con su ayudante a la cantina del “Pollo” Alberto Arciniegas a escuchar música y a tomar algo rodeado de campesinos que orgullosos y complacidos le brindaban una cuantas cervezas.


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